letrassueltas

sábado, agosto 13, 2005

Abuela dice

ABUELA DICE...
RUBÍ MANDUJANO PONCE DE LEÓN


Caracteres con espacio: 2763 - 2747
Caracteres: 2294 -2274
Correcciones: 17






Muchos candidatos han llamado por el anuncio en los clasificados. Nuestras amigas han pasado por el mismo proceso, pero hasta ahora descubro cuán trascendente y difícil es hacer la elección correcta.
Entre tantas solicitudes, la última, cubre la mayoría de los requisitos. coeficiente intelectual: ciento cuarenta, por arriba de la media. Tipo de sangre B positivo. Sin historial clínico, a los veinticinco años sigue sin pisar la sala de rehabilitación. Libre de enfermedades crónicas o hereditarias y, por si fuera poco, suficiente melanina para pigmentar la dermis.
Según la abuela en el año 2000, hace casi un siglo, no había necesidad de trámites como estos. La gente se obsequiaba insignificancias, hacía visitas o escribía cartas interminables para lograr en dos o tres años lo mismo que yo conseguiré en una semana ¿Puedes creerlo?
¿Qué dices?, el ruido de los aeromóviles impide escucharte. No salgas de la línea voy a ir a otro lado del jardín. Aquí hay interferencia... Debo cambiar el domo, éste ya está muy quemado por el ambiente, evita que vea el cielo gris -ejum ejum-, el olor a humo de la ciudad comienza a colarse y para colmo no puedo regular los decibeles del exterior.
Así está mejor, la imagen se ve nítida. Tienes razón los de la O. P. no tienen porqué rechazar mi solicitud. Los resultados de la investigación socioeconómica son excelentes. Tengo, según la carta de aprobación de la primera etapa, la madurez física e intelectual requerida. Y cómo no, si fui criada en los mejores internados. Mi trabajo en la Agencia de Turismo Espacial me procura la solvencia económica necesaria y, en contraste con la mayoría de las mujeres de treinta años, no necesito tomar somníferos o antidrepesivos.
Antes no se usaban los cyberclasificados, dice mi abuela. Una podía salir a la calle o a la playa, ver gente y... ¿Conoces una playa? Apenas recuerdo una. Se veía el océano, como en las películas antiguas, y te podías descalzar para sentir la arena con los pies.
En una playa fue concebida mi madre. Fue en un ritual en el que dos personas de sexos opuestos mezclan su saliva, sudor y fluídos sexuales. No se distingue dónde comienza una piel y dónde termina la otra de tan juntos que están. Ambos cuerpos se mueven al ritmo de música inaudible para terceros. Según la abuela es una experiencia en extremo placentera. No alcanzo a imaginarme por qué.
Se hace tarde. Te dejo. Debo conectarme con la Oficina de Procreación. Enviarán el contrato de los derechos para firmarlos con mi huella retinal. Contacto al candidato para la inseminación y más pronto de lo que te imaginas te contaré cómo se siente ser madre.

Esta soy yo

que cual ave Fenix renace de entre las cenizas.
Soy esta que se deshace de culpas y resentimientos
como de pesados fardos, que guarda las lágrimas en el bolsillo para mejor ocasión y vestida de luna enfrenta la vida.

Alcatraces sangrando

Tortugas que vuelan
Tiempo escurriendo
por las paredes de mi alma

miércoles, agosto 03, 2005

ROJO RUBÍ


Todo depende del color del cristal con que se mira...
Yo solía mirar las tardes en mi balcón a través de un tarro de vidrio soplado rojo; a veces como un catalejo para matizar la praderita del patio de enfrente, a veces como microscopio para analizar mis emociones.
Era casi un ritual: preparar el te, endulzarlo y tomar el tarro entre las manos para calentarlas durante el invierno, dejando que el calorcillo reconfortante subiera por los brazos hasta el corazón. Sentarme sobre el barandal de concreto con las piernas colgando, cabalgando sueños que se extendían mucho más allá de la praderita. El cristal rojo daba una palidez luminosa a las imágenes. Los ruidos de la ciudad se mezclaban con la música escapada de algún otro balcón.
Crecí, me mudé de ciudad y de sueños. Ahora habito en la selva, entre cafetales y ceibas. Sin buscarlo reencontré mis raíces dejando atrás y adelante, mundos alternos.
Aquel tarro se habrá perdido en alguna mudanza o en los entresijos del tiempo y el espacio. Pero la esencia de las actitudes, de la multiplicidad de coloridos ante una misma circunstancia las conservo en el corazón y en un puñado de cristales de colores sobre la mesa, con los que en las tardes de lluvia, a solas con mis pensamientos, me asomo nuevamente para recordar (y no olvidar) que la vida no está detenida, que hay mucho que mirar en ambos sentidos, que somos viajeros y el tiempo no se detiene ni con las cenizas esparcidas de tantos recuerdos.
Gabriela, Agosto 2005